RESTAURANTE MAS LA BOELLA EN TARRAGONA

En el Mas La Boella he estado en varias ocasiones. En bodas, en el restaurante, en la fiesta anual del primer aceite, pero nunca con Ana y ya tocaba.

Se definen como un complejo oleoturístico. 110 hectáreas dan para mucho. Además de hotel, restaurante y centro de convenciones, tienen sala de catas y su propia tienda, donde puedes encontrar el vino que elaboran, entre muchos otros, y sus aceites de oliva virgen extra. Su Premium, un coupage de arbequina, arbosana y koroneiki, ha ganado numerosos premios.

El olivar es en seto. Dicen que no están en el mercado de la madera, sino en el del aceite. Personalmente le doy mucho valor a la agricultura paisajística, pero sacarle rentabilidad al paisaje es realmente complicado.

Los jardines camino del restaurante, que son puro paisaje, sirven como un sistema de presurización. Estando a unos minutos de Tarragona, es increíble la facilidad con la que te sumerges en el mundo de La Boella, como si fueras un astronauta presurizando el traje antes de un EVA.

El restaurante está ubicado en una masia del siglo XII. Al entrar, encuentras diferentes espacios, entre ellos una biblioteca ideal para disfrutar de un café después de comer. En la planta superior, el comedor, mobiliario rústico, manteles de tela, iluminación cálida, una atmósfera acogedora muy agradable.

Los mediodías de lunes a viernes ofrecen un menú por 25 euros. Varios entrantes a elegir, como la crema de ceps o los chipirones con trinxat; segundos, como la llonganissa del «Pallars» o el bacalao al horno; y los postres, a elegir entre el surtido del día. Por un suplemento, puedes hacer un maridaje.

Además, un menú degustación, que incluye dos aperitivos, dos entrantes, un pescado, una carne, un surtido de quesos y postres. También hay una versión del mismo inspirado en los 3 tipos de aceite virgen extra que elaboran.

Tras mucho dudar, nos decidimos por la carta. Ana optó por uno de sus clásicos, las verduras al vapor con aceite arbosana. Cuecen ligeramente cada verdura por separado, para lograr el punto necesario. Escurren, sumergen en agua con hielo y, finalmente, reservan en agua fría. Cuando llega la comanda, ponen primero una capa de calabacín, unas espinacas salteadas y después todo tipo de verduras de temporada. Judías verdes, tirabeques, col, brócoli, nabo, guisantes, zanahorias y espárrago. Añaden agua caliente y envuelven con papel film para dar el último toque al vapor. Añaden un poco de sal negra sobre el plato y las verduras. Ya en la mesa, añaden un buen chorro de su aceite arbosana.

Para mi, las vieiras con setas en escabeche. Las vieiras las marcan bien en la plancha por ambos lados. Por otro lado, saltean unos rebozuelos y calientan las setas en escabeche que preparan a la manera tradicional. Sofríen ajos, cebolla y zanahoria, con laurel y pimienta en grano, añaden el vinagre y lo dejan reducir. Finalmente, añaden unos níscalos y dejan confitar. Para emplatar, ponen las vieiras, añaden los níscalos y alguna verdura, también los rebozuelos, algo de salsa y acaban con un poco de rúcula.

Las verduras son un plato de producto. Sacarle partido a cada ingrediente, conseguir que se saboree en su máxima expresión, cocinado con precisión y aliñado con un chorrito de buen aceite y un poco de sal se consiguen grandes resultados. En muy pocas ocasiones se puede disfrutar de un espárrago blanco fresco en Tarragona. No es de extrañar que sea un clásico.

Me gustó especialmente el escabeche. Otro plato tradicional cuya elaboración no tiene ningún misterio pero siempre cuesta hacer en casa. Magnífica textura de los níscalos y predominio de esa mezcla de dulces y ácidos del escabeche.

Es cierto que a esa cocina de escandallo, tan precisa y profesional, siempre le falta algo de espontaneidad, como si tuviera un exceso de rigidez, pero da gusto cuando un plato es lo que tiene que ser. Tal vez sustituiría la rúcula por unos germinados, en todo caso, ambos platos nos gustaron mucho.

Para ser entre semana y a falta de unos días para Navidad, la verdad es que el comedor estaba animado, especialmente con grupos, pero también parejas y algún comensal solo. Teniendo en cuenta que hay que coger el coche, es todo un éxito.

La elaboración del cochinillo es una maravilla técnica. Los cortan por la mitad y lo sumergen unas horas en salmuera. Después envasan al vacío con ajo, laurel, aceite de oliva y vino blanco y asan en el horno a 72ºC durante 16 horas. Retiran la piel, deshuesan, desmenuzan la carne y la mezclan bien para lograr una distribución homogénea de las diferentes partes. En una bandeja alta, extienden la piel en la base y añaden la carne formando un bloque, presionan, cortan en porciones individuales y envasan al vacío. Cuando llega la comanda, ponen sobre la plancha con papel sulfurizado, a fuego lento para que la piel caramelice. La salsa la preparan con un caldo de los huesos del cochinillo con una reducción de miel. De guarnición, una pera al vino y un puré de patata clásico.

Para los canelones preparan un caldo, con huesos blancos, pollo, jarrete de ternera y papada. Antes de que se deshaga la carne, retirar y desmenuzan bien. Mezclan con pollo asada al horno y trufa y así preparan la farsa. Rellenan la pasta fresca y reservan. Cuando llega la comanda, ponen una base de bechamel, los canelones, más bechamel encima y un poco de queso rallado. Gratinana y a la mesa.

Ana y sus dos primeros. Sin novedad en el frente. El relleno de los canelones bien espeso, como la bechamel. Un bocado potente y muy sabrosos. La pasta fresca muy ligera. Después de la verduras, se puso fina.

En Navidades preparan muchísimos para llevar. Cada vez hay más gente que decide no cocinar en ocasiones especiales. La verdad es que me da un poco de pena, pero lo entiendo perfectamente.

La piel del cochinillo, como no, crujiente y dulce. La carne jugosa y tierna. Muy bien con la pera y el puré, un plato muy completo.

Una de las cosas que más nos llamó la atención fue el trato. Tarragona no tiene muy buena fama al respecto y me temo que es merecida. Por eso cuando en te tratan bien lo notas especialmente. Gente tranquila, bien avenida, amable. Lo dicho, un gusto.

De postre se puede escoger entre la repostería que preparan a diario, el surtido es tremendo, tartas, buñuelos, cremas. Nos animamos con un par de clásicos, una tarta Sacher, que elaboran a la manera tradicional y sirven con algo de confitura, un fruto del bosque y helado. Y una tarta tatin con pasta brisa, que calientan ligeramente, y sirven también con confitura, una mora y un helado de vainilla.

Ambos postres muy bien elaborados. Es lo que tiene tener un obrador propio. La tatin, especialmente si en la cucharada coges un poco de helado, es una mezcla de sabores y temperaturas que te llenan la boca. Manzana, mantequilla y vainilla, una maravilla. La sacher clásica, esponjosa, con esa mezcla tan característica de chocolate y fruta ácida.

Nos lo tomamos con calma y nos pedimos infusión y café, antes de que nos retiraron los platos, para alargar un poco la sobremesa. Con la cámara ya apagada, se disfruta mucho.

Nos alojamos en el hotel y también desayunamos, así que, una vez más, tenemos bonus track. No os perdéis el buffet, es digno de ver.

La entrada a la Boella, entre olivos, ya es un presagio de lo que te vas a encontrar. Llegamos por la tarde, con tiempo para ver caer el sol mientras nos dábamos un paseo por los jardines. Ahora hace algo de frío, en primavera debe ser una maravilla sentarse en las numerosas terrazas para disfrutar del paso del tiempo. En verano, por las noches, sirven cenas fuera.

El hotel encaja como un guante en el concepto “boutique”, 13 habitaciones, con nombre de tipos de uvas o aceitunas. Arquitectura y diseño elegante, vistas relajantes, carta de almohadas y unas camas enormes.

En la mesa central del comedor, frutas y pastas, además de los zumos. En una barra lateral, quesos, fiambres, embutidos y frutos secos. Además, cereales, yogures y demás vicios populares. Por si fuera poco, tienes la opción de pedir huevos con beicon o tortilla. Ni quise ni pude evitar la tentación.

Empezamos con café, zumo y frutas. Ana se preparó una tostada y casi no renunció a nada. Pan, tomate y buen aceite de oliva virgen extra, pocas cosas hay tan ricas.

Como comento, ante la posibilidad, como decir no a un par de huevos fritos en abundante aceite de oliva y un par de lonchas de beicon bien gorditas, nada de lonchafinismo.

Nunca tenemos ocasión de hacer vacaciones de un mes y nos da cierta envidia esa gente que puede desconectar del todo y ni mirar el móvil, ni el correo electrónico. Pero estas escapadas de apenas 24 horas son muy revitalizadoras. Te vas con la sensación de que ha sido mucho más tiempo. Diría que las experiencias que sabes cortas se viven con mayor intensidad.

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Mas La Boella Autovia T-11, Salida 12, 43110 La Canonja, T


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