¡Hola de nuevo! Antes de empezar, un detalle, si tenéis pensado vistar el restaurante, tened en cuenta que, en esta mini crónica, puede haber algún spoiler.

Bien, ya os lo anticipaba en el vídeo anterior. Pasé la tarde noche del 24 de junio en Mugaritz. Creo que es imposible explicar la experiencia con palabras, pero por si alguno tiene curiosidad…

A pesar de lo que puedan decir, ni está lejos ni es difícil de encontrar. Cuando llegué, en seguida vi a Roberto González (El pingue) en el aparcamiento. Poco después llegaron Izaskun, responsable de comunicación 2.0 de Mugaritz, y  Javier Barrera (Periodismo al pil pil). Nacho Vázquez estaba invitado, pero finalmente no pudo asistir. Así que éramos cuatro a cenar.

Nos sentamos en la terraza y nos pusieron unas cervezas. Poco después llegó Andoni y se sentó con nosotros. Llevaba un café en un vaso de plástico. Comentó que era descafeinado. Ha dejado el café. Le generaba ansiedad. Bastó eso para arrancar una conversación sobré qué es Mugaritz, por qué Mugaritz, cómo Mugartiz… Primero se centró en la ubicación. Después en la filosofía y, finalmente, en la cocina.

Piensa lo que dice y lo hace con el índice en la barbilla. Habla tranquilo. Nos cuenta que, para mantener la tensión, insiste en la importancia de lo que están haciendo. Lo aprendió de Adrià. El próximo libro es importantísimo, también la ponencia del siguiente congreso o la preparación de una nueva receta.

Hablamos, como no, de los críticos, de los periodistas y de los bloguers. La actitud es muy positiva. Si no, no tendrían una responsable de comunicación 2.0 y no nos habrían invitado, ¿verdad?

Llevábamos una hora larga charlando y Susana se acercó para comentarle a Andoni que le esperaban en la cocina. Pidió cinco minutos y Susana lo dejó en tres. Cuando llevaba casi diez, se encendió un cigarrillo. Estaba a gusto, supongo.

Mugaritz no es un restaurante al que se va a comer. Es algo más. Pero comer, también se come y ya había hambre. Primero pasamos por la cocina, donde grabé prácticamente la totalidad del vídeo. Luego, nos sentamos a cenar.

Cómo ya he comentado, creo que es inútil intentar describir la cena, así que no voy a hacerlo. Es como si, al llegar, te encontrases con un puñado de piezas de puzzle. Hay que entregarse y empezar a jugar. Sino, para qué ir. Hay pocas pistas. Empezar buscando las esquinas no sirve, no hay. Al parecer, el resultado final es un círculo.

Poco a poco, van encajando, pero faltan piezas. Hay que tener paciencia, porque van llegando. Cuando empieza a tomar forma, llega una nueva pieza que te obliga a volver a empezar. Ojo, todas encajan, ahora de forma diferente, pero encajan. Si fuera un tramposo, repartiría piezas demás o serían imposibles de encajar. Pero no lo es.

Con un semicírculo sobre la mesa, completar el resto es casi mécanico. Al final resulta una obviedad. Es una experiencia redonda. La última pieza te ayuda a entender la primera.

Bueno, me ha quedado una entrada algo pretenciosilla. Espero que os guste. Un abrazo.

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