Nos comemos Viena: Schnitzel, Sacher & Burenwurst

La fachada del Café Schwarzenberg (Viena)

Café Schwarzenberg: desayuno en la Ringstrasse

Café Schwarzenberg (Viena)

El Café Schwarzenberg es uno de los dos únicos supervivientes —junto al Landtmann— de los 27 históricos cafés que llegó a haber en la Ringstrasse. No es casualidad que la UNESCO declarara la cultura de los cafés vieneses Patrimonio Cultural Inmaterial en 2011. Aquí probé el desayuno clásico: panecillo, croissant, mantequilla, mermelada y un café de filtro con jarrita de leche y vaso de agua. Sencillo, pero auténtico.

El KLEINES FRÜHSTÜCK en el Café Schwarzenberg (Viena)

Glacis Beisl: el mejor Wiener Schnitzel de Viena

La cocinera de Glacis Beisl (Viena)

El Restaurante Glacis Beisl consigue algo difícil: ser moderno y profundamente tradicional al mismo tiempo. Su Wiener Schnitzel figura entre los mejores de la ciudad. La elaboración es impecable: el corte se aplana para romper las fibras, se pasa por harina, huevo y pan rallado, y se fríe en manteca de cerdo, como manda la tradición. El resultado es tierno, jugoso y crujiente, acompañado de una ensalada de canónigos y patata con vinagreta de mostaza que aporta la acidez perfecta.

Wiener Schnitzel de Glacis Beisl (Viena)

Café Sacher: la tarta más famosa del mundo

La fachada del Café Sacher (Viena)

Mucha gente advierte que la Sachertorte está sobrevalorada. Puede ser. Pero visitar el Café Sacher es una peregrinación gastronómica que hay que hacer al menos una vez. Cinco minutos de cola, un café melange y un corte de la mítica tarta por 18,40€: bizcocho denso con cobertura de chocolate, mermelada de albaricoque y nata. Una turistada, pero de las que se hacen con gusto.

La tarta del Café Sacher (Viena)

Alles Wurscht: la salchicha callejera que lo vale todo

Burenwurst en Alles Wurscht (Viena)

En Viena hay que participar de su cultura salchichera. Alles Wurscht significa tanto «todo salchicha» como «todo da igual» en argot austríaco. Media hora de cola un miércoles por la noche, público 100% local. Su fundador Sebastian Neuschler dejó la alta cocina para apostar por un fast food de calidad con producto de proximidad. Pedí lo clásico: burenwurst con mostaza y pan de masa madre. Breve, pero inolvidable.

¿Qué más queda por descubrir en Viena?

Aún quedan pendientes el tafelspitz de Plachutta, el rindsgulasch de Anzengruber, el codillo de Schweizerhaus, el apfelstrudel de Oberlaa y el Kaiserschmarrn del Demel. Viena tiene mucho más por dar, y yo tengo muchos motivos para volver.

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