RESTAURANTE BAR VELÓDROMO EN BARCELONA

El Bar Velódromo es un histórico de Barcelona. Fundado en 1933, permaneció abierto hasta la jubilación de la segunda generación en el año 2000.

Tras una reforma respetando la arquitectura art déco original, volvió a la vida años después. Con Carles Abellán como responsable de la cocina y con horario de cocina ininterrumpido de una a una.

Para los caóticos, estos horarios son un regalo. Además, a altas horas de la noche, siempre pasan cosas. Por eso me resultan tan atractivos los restaurantes abiertos 24 horas, también los de carretera, tienen una atmósfera muy especial.

Como los gremblins, no como pasada la medianoche. Aún así, tengo un buen recuerdo de aquellos desayunos copiosos antes del amanecer en restaurantes de carretera inhóspitos. Mis amigos se pedían cualquier cosa a la brasa, yo la penúltima.

El Velódromo abre de siete a dos de lunes a viernes y de seis a tres sábados y domingos. Es nuestra versión del clásico pub irlandés. Un lugar donde puedes pasar el día. Desayuno, aperitivo, comida, merienda, cena o copas. Todo en uno, con la cocina abierta de una a una.

La carta se ha ido adaptando. Ahora con Jordi Vilà como responsable, ya sabéis, el cocinero de Alkimia, se sigue apostando por una cocina local actualizada con clásicos como las bravas, las croquetas o la ensaladilla.

Además de tapas frías y calientes, hay una buena sección de aperitivos, con gildas o chips con salsa aperitivo; también sirven bocadillos y sándwiches, como el de pastrami o el clásico bikini de mortadela y mozzarella trufada; huevos de granja, donde destacan los estrellados o fritos con butifarra del Perol; también hay tartar, clásico o de atún, arroces, carnes, pescados, postres y, con estos horarios, también hay desayunos, claro.

Conociéndonos, sabéis que empezamos con una ensaladilla. Desde la reapertura, hace ahora diez años, han servido más de 80.000 raciones.

La preparan a diario con judía perona, zanahoria, huevo duro, atún, patata monalisa, sal, pimienta y, como no, mayonesa. La sirven sobre un plato ovalado, añaden unos picos, un poco más de mayonesa y acaban con una aceituna gordal.

Para las bravas utilizan patata agria de Galicia cortada en rodajas, hacen una primera fritura a 120ºC durante siete minutos y, cuando llega el pedido, le dan una segunda a 180ºC durante tres minutos. Escurren bien, vuelcan sobre un bol, salan y emplatan. Para acabar, añaden el allioli, o más bien una ajonesa, y la salsa brava que elaboran con tomate, ñora ahumada, guindilla, cebolla y ajo.

Una buena manera de celebrar los diez años de la reapertura. Si de la ensaladilla han servido más de 80.000, de bravas han sido más de 175.000.

Ya véis que la ensaladilla es de las que me gustan. Casi un puré, pero conservando textura. Las bravas con un punto de crujiente exterior. El allioli suave y la salsa brava picante, nada exagerado, pero muy bien para los tiempos que corren.

Una de las cosas que más disfruto en estos locales históricos es el ambiente. Mantiene un buen equilibrio entre clientes locales, vecinos y turistas. Mucho comensal solo, con pinta de habitual, que invita a la especulación. Igual es su homenaje semanal, igual trabaja cerca, igual disfruta con los detalles, como estos platos gruesos, los cubiertos pesados, las servilletas de tela, el crujir de las sillas de madera o el dinamismo de la terraza.

Las croquetas de jamón tienen un éxito tremendo. Han servido más de 320.000. Alineadas no llegarían a la luna, pero no hay más que darles tiempo.

Su receta es clásica. Una bechamel espesa y una buena dosis de tacos de jamón. Fríen hasta que cogen color y sirven sobre una servilleta fina para que absorba el aceite sobrante.

La bomba de la Moritz la rellenan con magro de cerdo guisado con ajo, cebolla, guindilla y un punto de vinagre. Una versión de la bomba de la Barceloneta que, como sabéis, se elabora con un puré de patata relleno de carne y empanado, que se fríe antes de servir.

Escurren bien sobre papel de cocina y, en la base del plato, ponen allioli, añaden la bomba y cubren con la salsa brava.

Ambas frituras muy limpias, sin sabores rancios o requemados. Unas croquetas para los amantes de los tropezones, ya he comentado que la dosis de tacos de jamón es abundante.

Aunque sea un desastre estético, lo mejor es mezclar bien la bomba con las salsas, queda mucho más jugosa.

Como siempre, queremos enseñar cuanto más mejor. Normalmente no pediríamos ensaladilla y bravas, por la sobredosis de patata. Tampoco muchos fritos. Dosificamos para que el menú quede algo más equilibrado. En una visita habitual, pediríamos la ensaladilla seguro, igual una gilda y un par de croquetas, si luego vamos a pedir segundos.

Seguimos con una lubina del Mediterráneo que filetean y preparan a la plancha, primero con la piel boca abajo, untada con aceite, luego voltean y acaban en el horno para que no se seque.

Sirven con yogur, que han emulsionado con aceite de oliva y ralladura de piel de limón, un cous cous con verduras, aliñado con ras el hanout y azafrán, una salsa elaborada con un fumet de pescado, la lubina, un melocotón relleno también de cous cous y acaban con unas hojas de menta.

Los que nos conocéis sabéis de la difícil relación de Ana con el pescado. Le dan pánico las espinas, así que fue casi todo para mi. En su punto, con la piel crujiente y sabrosa.

Por suerte, a Ana le gustó mucho el acompañamiento. El melocotón curado ligeramente en vinagre, le da un punto dulce y ácido muy curioso.

El local es grande y luminoso, con una barra larga entrando a la izquierda y un comedor con dos ambientes. Por un lado, las mesas que están junto a los grandes ventanales, por el otro, el que queda cubierto para la segunda planta, más íntimo. La parte de arriba, a la que se accede por unas escaleras de madera con mucha historia, es abierta, así que permite disfrutar del espectáculo.

Acabamos con el jarrete, que trocean en porciones de 250 gramos y cocinan al vacío a 80ºC durante catorce horas, junto a unas chalotas y unas alcachofas confitadas. Cuando llega el pedido, lacan con un fondo de carne con una reducción de oporto y emplatan. Rematan con tomillo, pimienta recién molida y un chorrito de aceite de oliva.

Queda una carne jugosa, se deshace nada más pincharla. El tipo de guiso que a Ana le encanta.

Todavía falta algún tiempo para que el Velódromo cumpla 100 años. Esperemos poder celebrarlo. Más que lamentarse cuando cierran restaurantes emblemáticos o históricos, lo que hay que hacer es ir para que no cierren nunca.

El otro día leía sobre las retrotopias. La nostalgia por pasados que nunca existieron. Uno de los motivos del éxito de “Stranger Things”, por ejemplo. Pues bien, del presente no se puede ser nostálgico. Al Velódromo se puede ir hoy y disfrutarlo plenamente.

A riesgo de morir en el intento, nos pedimos tres postres. Primero una crema catalana clásica, a la que solo le falta la capa de caramelo para servirla y una interesante sopa de melón.

Trituran un melón piel de sapo, añaden menta y dejan decantar, para separar la pulpa. Por otro lado, cortan melón en cubos y lo reservan con un almíbar de menta. Cuando llega el pedido, en la base del plato ponen un bizcocho de almendra, añaden unos cubos de melón y una bola de helado de yogur. Ya en la mesa, sirven la sopa.

La crema catalana es uno de nuestros postres preferidos. Siempre está bien probar nuevas interpretaciones, pero un clásico es un clásico.

La sopa realmente refrescante, muy adecuada para estos calores. Combinación de texturas y sabores. El bizcocho acaba deshaciéndose, así que la sopa espesa, los cubos son gelatinosos y el helado cremoso. Un postre dulce en el que predominia la menta.

Como os decía, Jordi Vilà supervisa la carta, pero el día a día es de Santiago Parodi y su equipo. Estuvieron muy atentos sugiriendo platos y comentando como es el día a día en Velódromo. Cuando un restaurante te abre la cocina es que no tiene nada que ocultar y así, da gusto.

El colofón, una mousse que preparan con un chocolate al 65%, cubren con un streusel de chocolate, añaden un jarabe de fruta de la pasión y acaban con fruta deshidratada. Sirven con una bola de helado de chocolate de Ecuador y ya, para salirse, lo acompañamos de una copa de Pedro Ximenez y otra de ratafía.

Estuvimos de doce a tres, nos encontramos con algún amigo y tuvimos tiempo para fijarnos en el resto de mesas, algo a lo que somos muy aficionados.

Nos llamó especialmente la atención lo que se pedían. Algunos solo un café, otros una Moritz 7 con unas almendras, la mayoría comía algo, pero también hubo quien solo se pidió un postre y, lo mejor, todos en el mismo espacio. En Barcelona quedan muy pocos restaurantes en los que puedas ocupar una buena mesa solo para un café.

Lo dicho, esperemos poder celebrar su centenario.

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Bar El Velódromo Carrer de Muntaner, 213, 08036 Barcelona


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