Estás en el cine, totalmente inmerso en la película y, algo o alguien, probablemente un desgraciado comiendo palomitas con la boca abierta, te saca de la película y pasas de estar en una aventura trepidante o en un thriller dramático, a encontrarte junto a un maleducado viendo una peli el día del espectador.

La vida es un poco así. Vives sumergido en la rutina y, de repente, tomas conciencia del mundo, sales a la superficie y, entonces, te preguntas por el sentido de la vida.

Los momentos felices suelen ser de una gran profundidad. Estás totalmente sumergido y eres uno con el mundo.

Pero si permaneces sumergido, te acabas ahogando. El cuerpo no es una máquina de la felicidad. La vida es trágica y acaba con una auténtica catástrofe.

Por eso son necesarios esos momentos de pura inconsciencia. Los rutinarios y repetitivos, me interesan poco, en cambio, los buscados, los provocados, son mis preferidos.

Un trabajo estimulante, un hobby entretenido, cada loco tiene su tema. En mi caso, comprar comida, prepararla y comérmela es mi vicio de elección. Puedo sumergirme en las burbujas de aceite que rodean a un huevo frito.

Y claro, también están los restaurantes. En la Terraza Martínez nos sumergimos un martes de febrero. Podría ser uno de los peores días del año, pero Barcelona regala habitualmente días de inverno así, de sol, terraza y manga corta.

Empezamos con un clásico, pan de coca de Folgueroles con tomate y unas anchoas de Santoña. Carnosas, en su punto de sal. Muy ricas.

Treinta años atrás, un empresario del sector pagaría el traspaso, la concesión o lo que sea que se ha pagado por esta magnífica ubicación y, con una de las mejores vistas de la ciudad, lo tendría todo. Esperaría agazapado al turista y lo agitaría hasta que le cayesen las monedas.

Afortunadamente, las cosas han cambiado. Para sobrevivir en Barcelona los platos deben estar a la altura de las vistas. En la Terraza Martínez lo están. Cocina mediterránea, bien ejecutada y con un punto de sofisticación.

Un ejemplo es la tortilla de alcachofas fritas, trufa y, en el centro, una yema de huevo. Llega extendida, mezclan la yema, doblan la tortilla, hacen porciones y te la sirven. Estaba un punto salada y la trufa no tenía excesiva fuerza, pero es una buena idea.

Seguimos con un plato de producto. De esos en lo que el cocinero tiene un trabajo sutil. Una vez han salpimentado generosamente las navajas, las meten en el horno de carbón y las dejan unos segundos. Hasta que se abren. Retiran, emplatan, y las rematan con un chorrito de aceite de oliva virgen extra, pimienta, unos brotes y una sal aromatizada.

Conservan toda su textura. Limpias y sabrosas, con un ligero aroma a humo y ni un grano de arena.

Por fin llegó el gran protagonista, el arroz. En la cocina tienen unas vistas espectaculares y el ambiente es curioso, son ágiles y hay movimiento, pero Josep Maria Maso transmite tranquilidad y control. No hay nervios, ni carreras. El centro de la cocina está reservado para los arroces. Caldos y paellas por todas partes.

La técnica en la elaboración está muy depurada, primero saltean unos segundos las gambas, con un pellizco de sal y un buen chorro de aceite, para que coja todo su sabor.

Retiran y añaden el arroz con su versión de la salmorreta, el típico sofrito del que hay bastantes versiones. Suele llevar ñora, ajo y tomate, entre otras cosas. Los sofríen bien, añadiendo algo más de aceite y, pasados unos segundos, cubren con caldo. Cuando rompe el hervor meten en el horno, así se controla más la cocción del grano y se puede sacar cuando los comensales están listos. Finalmente, para el socarrat, se devuelve al fuego y se reincorporan las gambas.

Queda una capa fina de arroz que recomiendan mezclar. Es lo ideal, el arroz acaba con texturas diferentes, más blando el de la superficie y tostado y crujiente el de la base, con la mezcla, se consigue el bocado perfecto.

Con la capa fina se consiguen los mejores resultados, pero tiene varios inconvenientes. En casa, con cuatro comensales, necesitas una paella enorme y, en inverno, el grano se enfría rápido.

Hay que comerlo con agilidad. El grano está suelto y sabroso y las gambas, pues eso, gamba roja.

Acabamos con un biscuit de vainilla con chocolate caliente y frutos secos. A diferencia del helado, el biscuit no es nata de leche batida, sino que es una mezcla de leche con azúcar, harina de maíz, en este caso vainilla y yemas a la que después se le incorporan las claras a punto de nieve.

Sirven un corte en dos porciones y añaden frutos del bosque frescos y deshidratados. Ya en la mesa, cubren con chocolate caliente.

Tuve que sujetar a Ana para que no se tirase de cabeza.

En Barcelona, siempre hay debate sobre si un determinado restaurante es para clientes locales o para turistas.

Ya he comentado en alguna ocasión que le hecho de que sea para turistas no es necesariamente negativo. Los turistas están de celebración diaria, están dispuestos a gastar más y gracias a ellos existe una oferta que, solo con cliente local, no podría sobrevivir. Cuando esa oferta es buena, la podemos disfrutar los clientes locales, aunque sea de vez en cuando.

Para acabar, reitero lo dicho, en la Terraza Martínez la cocina a la altura de las vistas.

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TERRAZA MARTÍNEZ

Ctra. de Miramar, 38

08038 Barcelona


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